Alí Jamenei el 28 de febrero y la entrada de Irán en una transición bajo fuego. No se trata de un golpe táctico ni de un mensaje simbólico, sino de una decapitación estratégica que abre una crisis sucesoria inédita: la cuestión ya no es únicamente quién reemplazará al guía supremo, sino si ese sucesor podrá sobrevivir. Con declaraciones explícitas, Israel advierte que cualquier nuevo dirigente será considerado un objetivo, mientras Teherán acelera el nombramiento a través de la Asamblea de Expertos, una institución que, paradójicamente, también queda alcanzada por los bombardeos.
En paralelo, Washington endurece el lenguaje y la apuesta. Donald Trump habla de tropas sobre el terreno “si fuera necesario”, de una ofensiva con “gran ola” pendiente y de capacidades para sostener un conflicto prolongado. La historia reciente —Irak y Afganistán— proyecta una sombra incómoda: las guerras rara vez empiezan masivas, pero casi siempre se expanden.
Además, emerge un factor doméstico decisivo: el calendario electoral en Estados Unidos. Entre incertidumbre nuclear, degradación de redes proxy y ambigüedad estratégica, la coerción deja de ser excepción y amenaza con convertirse en norma. ¿Estamos ante una escalada calculada… o frente al nacimiento de una nueva normalidad bélica?
Advertencia: Este contenido tiene fines informativos y se basa en reportes públicos disponibles al momento de su publicación. Algunas imágenes pueden haber sido generadas mediante inteligencia artificial y se utilizan únicamente con fines ilustrativos.
