San Pedro de Macorís vuelve a enfrentar una pregunta incómoda: qué le pasa a una ciudad cuando empieza a deteriorarse no solo lo que se ve, sino también aquello que guarda su memoria más profunda. El abandono en que hoy se encuentran piezas ligadas a la tradición musical petromacorisana no habla únicamente de un problema material; también deja al descubierto una relación frágil entre las instituciones, el patrimonio y la conciencia histórica.
En una ciudad cuya huella cultural ocupa un lugar especial dentro del imaginario dominicano, preservar instrumentos, archivos y bienes simbólicos no debería verse como un lujo ni como un adorno, sino como un deber cívico. Cuando estos referentes se dejan a la indiferencia, no solo se desgasta la materia: también se debilita el puente entre generaciones, el vínculo con los creadores que dieron prestigio a una comunidad y la capacidad de reconocerse en una herencia compartida.
